Walsh, el periodista y el revolucionario imprescindible


Rodolfo, Beto, Esteban, Neurus, Norberto Pedro Freyre, como se llamó o como lo llamaron sus compañeros de militancia, es uno de los íconos tanto del periodismo crítico, ese oficio que vapulean las empresas de medios e incluso algunos periodistas aun en su nombre así como de la militancia revolucionaria de los años setenta.

Si como él escribió, el cementerio de los revolucionarios es la memoria, el suyo es fuerte y resiste el paso de los años como pocos. Hace exactamente cuatro décadas que Rodolfo Walsh fue detenido de manera ilegal y luego desaparecido, sin haber sido encontrados sus restos hasta el día de hoy. Astiz lo tacleó cuando caminaba, a contramano por seguridad, por la calle San Juan casi al llegar a Combate de los Pozos. Rodolfo, que estaba cansado, que venía golpeado por la caída de compañeros de manera casi diaria e incluso de su hija Vicky en un combate desigual al que el ejército dedicó dotaciones enteras para bajar a un puñado de militantes que resistieron heroicamente, sabía que esa situación llegaría y que “caer o no caer a esta altura es una cuestión de azar”. Venía de depositar en una sede del Correo Argentino diez copias de la Carta Abierta a la Junta Militar, que había terminado de escribir la noche anterior, a un año del golpe cívico-militar-eclesiástico. Rodolfo se sacó de encima al “ángel de la muerte” y resistió con su Walther PPK calibre 22, porque él entendía que había que resistir a través de las teclas de la Olympia portátil pero también con las armas en la mano. Fue herido y llegó muerto o al borde de la muerte a la ESMA.

Es imprescindible recordar a Rodolfo Walsh no desde la nostalgia por lo que fue, sino fundamentalmente para aprender. Porque Rodolfo nos enseña todo el tiempo, enseña que se puede hacer periodismo aun en las peores condiciones de censura y de persecución. Y que para ser crítico hay que ser riguroso, porque quienes nos comprometemos con una causa no somos charlatanes ni opinólogos de café, sino que hablamos sobre cosas que conocemos y escribimos para aportar a transformar la injusta realidad. Por eso sus investigación exceden la belleza literaria para convertirse en herramientas de lucha que rompen el aislamiento y enfrentan el terror. Escribió sobre los fusilados de José León Suárez durante la Revolución Fusiladora, en lo que además de convertirse en una espectacular obra literaria mostró lo que la dictadura pretendió ocultar. Desenmascaró el rol de la burocracia sindical liderada por Augusto Timoteo Vandor, en Quién mató a Rosendo. En Prensa Latina, desde donde apoyó activamente a la Revolución Cubana, descifró los cables secretos de la CIA antes de que desembarque la invasión yanqui en Playa Girón, a la que el pueblo cubano derrotó con heroismo y tenacidad, con Fidel y el Che la cabeza. También usó brillantemente la máquina de escribir para denunciar las penurias y atropellos cotidianos contra los nadies, como los presos torturados y asesinados en las comisarías, los pibitos de los barrios fusilados “con un disparo de prevención”. En páginas de absoluta vigencia hoy, como la serie “La Secta de la Picana” o el artículo “La Secta del Gatillo Alegre”, recorrió desde las detenciones arbitrarias hasta las extorsiones y el conjunto de la criminalidad policial.

Walsh nos enseña que el trabajador de prensa es parte de la clase trabajadora y escribe en el semanario de la CGT de los Argentinos, esa CGT que por única vez en su historia tuvo una conducción combativa, que se enfrentó a la dictadura y a la burocracia sindical colaboracionista. Allí redacta, fruto del debate colectivo y como resultado de la acumulación política de años, el programa del 1º de mayo de 1968.

Rodolfo nos enseña que con el periodismo no alcanza. Porque “un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra”. No hace falta decir que Walsh nunca eligió el llanto, sino la acción.

Por último, también nos muestra su humildad y su relación con el pueblo argentino, tan lejos de los periodistas estrella o de los dirigentes que se despegan de sus bases. El 2 de julio de 1974 Walsh titula, para el diario Noticias que editaba Montoneros, la organización revolucionaria en la que militaba: “DOLOR”, grande y en letras negras, en referencia a la muerte de Juan Domingo Perón, con quien meses atrás habían roto relaciones públicamente. Lo escribe así, “mas allá del fragor de la lucha política que lo envolvió”, es decir mas allá de las grandes diferencias que sostiene él y su organización con el histórico dirigente, a quien parafrasea en “Un oscuro día de justicia” en donde se permite una metáfora sobre la relación entre el pueblo y el líder y la revolución. En la misma línea, no ocultó las diferencias con la dirección de su organización y hasta el último día sostuvo un importante debate político por el camino que adoptó Montoneros durante la dictadura, la relación con organizaciones como el PRT ERP, la lectura del momento defensivo que requería “cuidar lo que quedaba” en lugar de exponerse, lo que dos años mas tarde se cristalizaría en la “contraofensiva” lanzada por la organización.

Con sus virtudes y con sus contradicciones, con nuestras diferencias, es necesario volver a Walsh, el periodista y el militante revolucionario, cosas que en este caso no se pueden disociar, para aprender de cada línea que nos dejó en su obra, de cada una de sus acciones militantes.