A confesión de parte…


Resulta raro comprender, a veces, el alto nivel y cantidad de declaraciones descarnadas con que el oficialismo -pero no sólo el oficialismo- nos ¿sorprende? prácticamente en forma cotidiana, exponiendo y desnudando en definitiva su lógica de fondo.
Para nosotras y nosotros, que medimos la realidad con el prisma de la lucha de clases, es inconcebible que tales declaraciones se traten de meros exabruptos y desatinos. Pero también es cierto que estamos asistiendo, quizás por primera vez en forma tan explícita, a un gobierno “administrado por sus propios dueños” como ya hemos caracterizado con anterioridad. Eso implica que en materia política (léase carrera política formal y tradicional), el macrismo exhiba en toda su mayor línea una falencia absoluta, y por ello carece de todo filtro para lanzar una catarata de declaraciones tan inédita como torpe.
En lo que se acerca a un acto tragicómico, entre otras barrabasadas, el gobierno ha declarado, en boca del propio presidente y en tópicos diversos que “no tengo idea si fueron 9.000 o 30.000 los desaparecidos”, “la jubilación mínima es de 9.000 pesos”, “a algunos les toca caer en la escuela pública”, entre otras. Su desatino en ese sentido es tal, que hasta la octogenaria más alimentada de la tv puede darse el lujo de tener más criterio y plantarle en la cara al presidente un “Uds no ven la realidad”.
Aun así, más allá de la indignación que causa y que, para el caso de la lucha docente por ejemplo, ha servido más para empujar a la pelea a bases que hasta hace poco aún no habían salido a la calle, lo que se requiere leer es justamente aquello que está detrás de la brutalidad de las palabras. Alguna experiencia como clase tenemos, y sabemos que si las campanas empiezan a sonar planteando la “necesidad de despejar la calle”, la evocación a la conspiración vía “hay sectores que buscan la desestabilización” o directamente “parece que buscan un muerto”, la respuesta a las demandas sociales no va a ser otra que el aumento de la represión. La reactivación del protocolo antipiquetes, el aumento del espionaje y la aparición continua de casos de persecución y amedrentamiento son apenas las primeras expresiones de lo que debemos esperar y para lo que debemos estar preparados y a la altura de las circunstancias.
A su vez, poca confianza podemos tener en la oposición reformista o en las anquilosadas conducciones sindicales. Entre la no organización del supuesto polo opositor militado puramente a través de twitters desde Santa Cruz y la contención y desactivación de la protesta que buscan los jerarcas de una desacreditada CGT, se vislumbra un amplio sector que por primera vez desde hace mucho tiempo está poniendo en cuestión, incipientemente y en una medida acotada, la tradicional representación que busca garantizar la “paz social” (y su lugar de privilegio) antes que promover instancias organizativas para la clase.
Las enormes y constantes movilizaciones dan cuenta de un cuadro de mayor disposición a expresarse por parte del pueblo. La pelea docente, la enorme movilización del movimiento de mujeres, el masivo paro de la CGT, la lucha de los precarizados/as, son ejemplos contundentes de ello. Y el poder nunca deja de tomar nota.
Tras el apriete sufrido por el triunviro de la CGT el pasado 7 de marzo, la central convocó a un paro sin movilización para el 6 de abril, en un claro gesto de descompresión de olla. No obstante, lo ocurrido en el sector privado sirvió para que las conducciones nacionales de la docencia tomen nota del descontento y deban mantener -por ahora- una continuidad de medidas como hace años no practicaba (para el caso, la CTERA lleva 7 paros en este 2017 en menos de 30 días, cuando difícilmente se puedan encontrar ejemplos de 2 paros nacionales en un mismo año).
En el campo netamente electoral, el PJ anda midiendo fuerzas y disputándose la conducción partidaria a la vez que se demarca tímidamente del gobierno pero cuidando de no dar señal de apretar el acelerador, porque saben bien que “el horno no está para bollos”. Esa bolsa llena de traidores que nadie parecía conocer no puede ofrecer otra cosa que un autoaliento esperanzador de “vamos a volver” pero que nadie puede explicar bien quiénes y qué volvería, y que basta mirar a la historia para entender que sería la farsa de la farsa, y que la tragedia la viviríamos, una vez más, los y las laburantes de a pie. En una disputa entre sectores de la burguesía, no hay nada por ganar para la clase trabajadora si no construye e interviene con voz y fuerza propia.
Para la izquierda anticapitalista, el desafío que se nos presenta, ante una atención favorable a las ideas de cambio, está en ir más allá de la necesaria agitación y aportar a construir y consolidar la organización de la clase, en vistas de un salto cualitativo para las luchas que siguen. No es a cuenta de palabras y discursos que construiremos un mejor futuro. Mucho menos con puras promesas esperanzadoras ancladas en la barrosa enunciación de “revolución de la alegría”, “cambiemos”, “la patria es el otro” o “el cambio justo”. Nosotros y nosotras decimos sin medias tintas que nuestra perspectiva es: Revolución Socialista o caricatura de revolución. Y en esas palabras condensamos toda la acción que nos orienta.