Conflicto docente: una pelea de clase


La docencia ha sostenido un conflicto que lleva acumulados alrededor de una decena de días de paros nacionales y 16 días de paros en Pcia. de Bs.As. En esta pelea se juega buena parte del destino de las paritarias de la mayoría de la clase trabajadora, que pugna por romper el techo salarial del 18-20% en cuotas. Pero además, está en juego hasta dónde podrán avanzar los planes de ajuste estructurales de Cambiemos sobre la escuela pública y sobre nuestras condiciones laborales. La lucha docente ha encolumnado tras de sí a buena parte de la clase trabajadora y de quienes se oponen al macrismo. Ante un conflicto de largo aliento, cabe seguir disputando el curso que las conducciones sindicales de CTERA tratan de imponer.
Una pelea de dimensiones históricas
Las movilizaciones de masas y el nivel sostenido de la huelga son singulares. La docencia posee un papel protagónico en un escenario más general donde el descontento social empieza a cobrar relevancia y a tener una expresión callejera. Las marchas docentes del 6 de marzo, seguidas por la también histórica manifestación donde el triunvirato cegetista debió escaparse de los trabajadores y la movilización del 8M son el escenario donde los y las educadores dan la pelea, formando parte de ese movimiento. La histórica Marcha Federal del 22 de marzo se inserta allí: la manifestación logró reunir unos 300.000 asistentes. De esa manera, superó largamente la histórica marcha federal contra el menemato en 1994, cuya magnitud, en un contexto político diferente, había rondado las 70.000 personas.
Lo que se juega en esta primera batalla
En la actual pelea, la restitución de la paritaria nacional y la superación de un techo salarial de miseria -que ronda el 19% en cuotas- son dos elementos clave. En ella confluyen reclamos sentidos desde la base con la necesidad de muchas entidades, entre ellas CTERA, de no perder su lugar de interlocutores en el plano nacional. Por un lado, se trata de una paritaria “testigo”, que reúne a más de un millón de trabajadoras y trabajadores en todo el país y que precede a otras discusiones similares que la toman como parámetro. Por otro lado, la pérdida de la paritaria nacional implica un retroceso para todas y todos los laburantes. Es un nuevo avance en el ajuste salarial, dado que cada jurisdicción negocia por separado y con mayor debilidad… una lógica que el gobierno quiere aplicar además para desarticular negociaciones y convenios colectivos de trabajo. Pero también es un paso más en la atomización y descentralización neoliberales, que ensancha las desigualdades jurisdiccionales en un sistema educativo quebrado. Cabe señalar que esta avanzada encuentra un terreno previamente allanado por la conducción de CTERA, que no ha cuestionado dicha fragmentación, ni tampoco el carácter testimonial que la paritaria nacional ha tenido para muchas provincias en años previos (la inmensa mayoría discutía salarios por encima del exiguo monto salarial que ellos pautaban con el kirchnerismo, y en 2016 con el propio macrismo). Pero además, en esas instancias la conducción de CTERA ha avalado la implementación de cifras en negro, como el llamado “incentivo docente” o Fo.Na.In.Do. Las y los trabajadores de la educación debemos exigir la restitución de la paritaria nacional, pero también es un momento propicio para discutir qué paritaria necesitamos: una que plantee un salario básico unificado a nivel nacional, sin sumas en negro; una que siente las bases para debatir la re-nacionalización del sistema educativo.
Lo que está en juego
Lo que se disputa no es poco. Salario e instancias de negociación colectivas. En ese vértice confluyen las conducciones sindicales, la base del gremio, pero también amplios sectores que entienden que en esta pelea se juega mucho más. La lucha docente ha rebasado lo corporativo y plantea un debate acerca de la escuela pública en su conjunto y de las condiciones estables que regulan su labor. Las declaraciones del presidente que no sabe cuánto gana un jubilado ni cuántos días de clase al año se dictan acerca de “los que no tienen otra que caer en la escuela pública” generaron una justificada indignación. El carácter despectivo y de clase de esas frases, acompañadas por campañas mediáticas mendaces y oportunistas que exhiben cifras manipuladas de ausentismo docente, del éxodo a la escuela privada (que el propio gobierno genera por la falta de vacantes y no obedece a las huelgas) o del cuestionado operativo “Aprender 2016” sitúan que para el gobierno, ésta no es una pelea más. Para muchos trabajadores y trabajadoras, también es así. De allí lo inflexible de la posición del oficialismo, que podría haber desarticulado el conflicto sin atender a nuestras demandas de fondo, y hubiese encontrado en la cúpula de CTERA y del oficialismo de SUTEBA interlocutores proclives a pactar salarios a la baja. El gobierno trata de disciplinar a la docencia, un gremio combativo, y escarmentar al resto de la clase trabajadora. Pero además, el gobierno apuesta a una derrota en toda la línea para aplicar una reforma estructural mucho más perjudicial que una mala paritaria: se apunta a avanzar sobre la evaluación docente y atar el salario al “desempeño” (una adecuación del “salario por productividad” que se pregona en otras ramas); intenta desestructurar aún más la formación, la carrera y escalafón docente; apuesta a modificar los estatutos docentes para arrasar con derechos históricos como la estabilidad en el cargo, los concursos públicos o la edad jubilatoria, entre otros puntos que constan en su “Plan Maestro” enviado al Congreso. De allí la importancia de esta lucha, que cuenta con masividad y apoyo de sectores amplios de la sociedad. Pero también, como toda lucha que se extiende en el tiempo, cuenta con un relativo desgaste, producto de un ataque feroz en términos materiales e ideológicos (fuertes descuentos por días de paro, hostigamiento policial en escuelas y manifestaciones, campañas de desprestigio comunicacionales, etc.).
Sostener la lucha con protagonismo desde la base
Ante un conflicto que se extiende y es estratégico, la dirección de CTERA, la histórica Lista Celeste, ha demostrado nuevamente su perfil reformista y su metodología burocrática. Esta lista heredera de dirigentes como Mary Sánchez, y que integra actualmente a Sonia Alesso, Roberto Baradel, Eduardo López o Hugo Yasky en sus filas, se emparenta políticamente con variantes del peronismo kirchnerista y también con los “progresismos” previos, como la Alianza que gobernó durante 1999-2001. En este conflicto, su dirigencia se ve lanzada a dar una pelea que la excede en capacidad y dirección. Se ve obligada a hacer algo que no sabe del todo, ni quiere, que es sostener una lucha en el tiempo. La gimnasia de la desmovilización ejercitada durante años lleva hoy a que luego de masivas acciones de masas, la cúpula de CTERA esté evaluando distintas formas de descompresión de la pelea. En un año de elecciones legislativas, e internas en SUTEBA y en la propia CTERA, hay disputas por los lugares en las listas de la Celeste y también divergencias tácticas sobre cuándo aplicar el “freno de mano”. Pero en esa cúpula ceterista todos coinciden en algo: no convocar a la base para deliberar, no organizar fondos de huelga para sostener una pelea prolongada, no radicalizar la lucha y sí especular con las elecciones legislativas de medio término como horizonte. Así, los secretarios generales y directivas reemplazan a la docencia en asambleas, claro contraste que se ve entre la Celeste y las seccionales dirigidas por la oposición, que sí promueve la movilización y debate desde abajo en los SUTEBA de Bahía Blanca o Matanza, en ATEN Capital (Neuquén), en Ademys en CABA, o en el SUTE de Godoy Cruz en Mendoza, entre muchos otros, en franca oposición a las seccionales celestes (en CABA, por ejemplo, desde fines de febrero UTE no convoca a los delegados a su plenario). Esto impacta en la capacidad de movilización y en el estado de ánimo para sostener una lucha prolongada.
Mientras la CTERA parece encaminar la lucha a una protesta “mediada” y “rotativa” como implicaría una nueva “Carpa Blanca”, muchos sectores sostenemos la importancia de la huelga, pero también de medidas complementarias de acción directa que radicalicen la lucha: vigilias, acampes, ocupaciones y cortes de calles prolongados que empalmen con movilizaciones masivas.
En un momento del año que coincide con el 10º aniversario del fusilamiento de nuestro compañero Carlos Fuentealba, la docencia sigue enfrentando los mismos desafíos: combatir la miseria salarial, superar a las direcciones burocráticas a la par que incorporar nuevas camadas de docentes a la lucha, enfrentar una reforma laboral que excede lo salarial y coyuntural.
El camino es la unidad en la lucha, rodeando al conflicto del resto de nuestra clase y disputando su dirección para que no se encamine hacia proyectos que no representan nuestros intereses como trabajadores y trabajadoras.