Campaña “Caminos de Revolución”: Tomar el cielo por asalto


El aniversario de la primera revolución obrera, de la caída en combate del comandante Che Guevara y de la publicación de El Capital, nos recuerda la capacidad creadora de nuestra clase trabajadora para abrir “Caminos de revolución” y nos permiten analizar cuáles son algunas de las tareas pendientes para la definitiva emancipación de nuestro pueblo.

El protagonismo en la historia pretende estar negado a los hombres y mujeres de a pie, pero existen hitos históricos que nos recuerdan, que somos forjadores de nuestros caminos. Hitos que se construyen con revoluciones gloriosas como la rusa de 1917, o con  obras teóricas como El Capital de Marx que desnudó la naturaleza de la explotación capitalista, aseverando que otro mundo es posible, si es socialista.

En el contexto actual, donde asistimos a la intensificación de la explotación de las y los trabajadores y las clases dominantes buscan recomponer sus altos niveles de ganancias, debemos darnos la tarea de retomar lo mejor de la historia de la lucha de nuestra clase para marcar una perspectiva transformadora que erradique definitivamente este sistema. Para ello, la recuperación de El Capital como herramienta de batalla teórica y práctica resulta imprescindible. Marx analizó en esta obra monumental las principales tendencias del desarrollo del capitalismo develando que la explotación de los trabajadores es inherente al sistema. No hay capitalismo “más humano”. No hay capitalismo sin explotación de hombres y mujeres que producen un valor que es apropiado por una clase que vive del trabajo ajeno. Por ello, en momentos como el actual, cuando se pretenden llevar adelante reformas laborales que en definitiva intensifican la explotación para incrementar las ganancias empresarias, debemos despejar el horizonte de alternativas que lejos están de ser una solución real y definitiva a los problemas de la clase. De allí que resulte fundamental retomar uno de los legados fundamentales de la obra de Marx: la imposibilidad de sostener una relación armónica entre capital y trabajo, la relación de explotación sigue siendo el corazón del capitalismo actual.

Es a partir de este análisis que se evidencia la necesidad de la revolución socialista como única forma de garantizar la construcción de un mundo mejor, donde reine la felicidad de la clase trabajadora y el pueblo todo. Si bien es cierto que hoy el estado de ánimo de las masas y el fortalecimiento de la dominación burguesa, da cuenta de que aún queda mucho por construir para ofrecer una perspectiva revolucionaria debemos ser claros en que no hay otro camino posible para la superación del capitalismo que la revolución socialista y ese debe ser nuestro norte estratégico. Lo demás son espejitos de colores, callejones sin salida que nos ofrecen conformarnos con mejoras parciales y ninguna solución de fondo, ninguna emancipación real. En este sentido, tenemos la tarea de ir generando las condiciones subjetivas, de organización y de conciencia que nos permitan ir cambiando la correlación de fuerzas a favor de la lucha revolucionaria, de ir encontrando las tácticas más apropiadas para la acumulación de la clase con una perspectiva emancipadora y construir el partido que pueda direccionar esa fuerza para la toma del poder.

¡Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia de sus cimientos!

La Revolución Rusa, primera revolución obrera triunfante, demostró que la transformación de raíz del sistema capitalista no sólo es una necesidad sino que es una posibilidad real, que requiere de una estrategia de poder y una herramienta organizativa de la clase que dirija el proceso hacia la toma del poder y la construcción de la sociedad socialista.

La Revolución de octubre de 1917 inauguró una nueva etapa en la conciencia de los oprimidos y oprimidas del mundo, cimentó una serie de aprendizajes que no empezó ni terminó en 1917. En octubre el proletariado se constituye como clase dominante a partir de la toma del poder del estado, donde se combinaron las condiciones objetivas y subjetivas en conciencia y organización que, en el marco de una situación revolucionaria, llevaron al poder a los y las trabajadoras. El Partido Bolchevique expresó a la vanguardia organizada que dirigió el proceso revolucionario, que desde principios de siglo Lenin y los socialistas rusos fueron construyendo. Durante más de 15 años de historia práctica los bolcheviques tuvieron que ir adaptando las tácticas y métodos de lucha a cada una de las etapas de Rusia. La organización de los Soviets de obreros y soldados no nació en el ‘17, sino que tenían una expresión en la revolución de 1905 que es retomada luego en momentos cruciales de disputa por la dirección del proceso revolucionario.

Es en esos momentos críticos que Lenin retoma algunas de las conclusiones fundamentales que Marx y Engels extrajeron de la experiencia de la Comuna de Paris: “La Comuna ha demostrado… que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines…”(1). En “El Estado y la Revolución” que escribe en de 1917 en medio de la Primera Guerra Mundial y en vísperas de la Revolución de Octubre, Lenin retoma esas conclusiones acerca de las tareas del proletariado: el Estado burgués deberá ser destruido por el proletariado en la revolución y debe instaurarse la dictadura del proletariado que abra un proceso de transición del socialismo al comunismo, donde finalmente el Estado se extinguirá, dado que será innecesaria su existencia en tanto desaparecerán las clases sociales. Lenin sostuvo que “El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables” (2).Por lo que se hace necesarios destruirlo. De allí que la experiencia práctica de democracia revolucionaria que son los soviets se constituyan en la forma concreta de construcción de poder popular y destrucción del Estado. De allí la consigna ¡Todo el poder a los soviets!

La experiencia de la revolución puso en evidencia también que la construcción de una organización revolucionaria es una cuestión estratégica. Ya desde el desarrollo de los procesos revolucionarios de fines del siglo XIX, y en el marco de las discusiones con los anarquistas en la Asociación Internacional de Trabajadores (1864-1876) estuvieron presentes los debates sobre la cuestión organizativa. Lenin retomará también las conclusiones de Marx y Engels en torno a este asunto, sosteniendo que para llevar adelante la tarea de la toma del poder es necesaria la construcción de un partido independiente de la burguesía.

Contrario a los análisis de algunas tendencias dentro de la izquierda y el campo popular que realizan una escisión entre forma y contenido, acusando al leninismo y a expresiones organizativas que lo retomamos como “formalistas” o “fetichistas de las formas”, entendemos que hoy sigue siendo imprescindible aportar a la construcción de una organización revolucionaria. Así, discrepamos con aquellos que plantean que las formas estables de organización llevan necesariamente a la degeneración burocrática y a un sustitucionismo de las masas por el partido, conclusión a la que se arriba y universaliza producto del análisis del stalinismo y de los PCs oficiales, tanto de Europa como de Latinoamérica, quienes en nombre del marxismo-leninismo momificaron la figura de Lenin, en nombre de quien Stalin no solo burocratizó y degeneró el estado obrero, sino también el partido y la misma idea de revolución.

En la insurrección de octubre, la organización de las masas armadas demostró que es insustituible la participación de las masas en la revolución, de allí la alusión de Trotsky a la metáfora de la locomotora a vapor y el proceso revolucionario. Retomando esa concepción entendemos que los y las explotados y explotadas, oprimidos y oprimidas son la fuerza motriz de cualquier revolución, y la vanguardia organizada es la que permite orientar en el sentido estratégico, direccionando esa fuerza de las masas para que no se disperse. Y en este punto nos interesa señalar que no menos significativa fue la participación activa de las mujeres revolucionarias en aquel proceso. “En Petrogrado, aquí, en Moscú, en las ciudades y centros industriales y en el campo, las proletarias se han portado maravillosamente en la revolución. Sin ellas, no habríamos triunfado. O habríamos triunfado a duras penas. Yo lo creo así. No puede usted imaginarse lo valientes que fueron y lo valientes que están siendo todavía. Represéntese usted todas las penalidades y privaciones que soportan estas mujeres”(3). Tanto Lenin como Trotsky eran conscientes del rol protagónico de las mujeres en el proceso revolucionario, y la doble opresión que sufrían al ser trabajadoras y mujeres. En ese sentido es que Clara Zetkin, Alejandra Kollontai y tantas otras mujeres fueron dirigentes de masas y luchadoras contra la opresión de género.

Partido y poder popular

El partido como vanguardia y expresión de lo más avanzado de la clase –como partido de la clase- no solo tuvo que dirigir a la masas del pueblo ruso, unirlas en un solo puño transformándolas en una decidida fuerza social revolucionaria que asaltó el poder, sino que al mismo tiempo promovió la construcción de organismos de poder obrero y popular capaces de desplazar al Estado centralizado zarista.

La construcción del “poder popular”, referida como la fuerza desplegada por el pueblo en determinados procesos históricos con miras a la toma de poder, desde una “teoría del poder” se desplegó en la revolución rusa a través de la interacción de tres elementos centrales: la lucha contra el Estado burgués, el desarrollo de órganos de poder del pueblo y la dirección del partido revolucionario.

Pero la destrucción del Estado burgués no sería posible mientras la clase dominada no creara su propio poder estatal, el cual iría constituyéndose a la par y en oposición al “viejo Estado”: la dualidad del poder se materializaría con la creación de los soviets.

La “dualidad de poderes” aparecería en buena parte de los escritos realizados por Lenin en 1917 (4). En primer lugar, se refiere al “carácter transitorio” de la dualidad de poderes, indicando que aquella situación, por el mismo carácter del Estado, no podía prolongarse por más tiempo, de ahí la urgencia para que “los obreros con conciencia de clase” atrajesen a su lado a la mayoría, que se fundara un partido comunista proletario y que se emancipara al proletariado de la influencia de la burguesía, todas ellas condiciones para derrocar al “primogénito poder”. En segundo lugar, Lenin caracterizaba al embrionario “segundo poder” como débil e incipiente, cuya composición de clase debía acentuarse en el proletariado y los campesinos. Establecía el carácter político de este nuevo gobierno como “una dictadura revolucionaria, es decir, un poder directamente basado en la toma revolucionaria del poder, en la iniciativa directa del pueblo desde abajo, y no en una ley promulgada por un poder político centralizado”(5).

El desarrollo de los organismos de poder obrero y popular, que convivieron con el gobierno provisional y dieron la victoria a la revolución, fue posible en gran medida gracias a la unidad de entre la firmeza estratégica y la flexibilidad táctica impulsada por el partido y sostenida por el movimiento de masas. La flexibilidad táctica no implica su modificación  cada día sino que tiene un vínculo directo con la etapa y la situación política. Al respecto reflexionó Lenin “Se entiende por táctica del Partido su conducta política, o el carácter, la orientación y los procedimientos de su actuación política. El Congreso del Partido toma resoluciones tácticas para definir de un modo preciso la conducta política del Partido en su conjunto, en relación con las nuevas tareas o en vista de una nueva situación política”(6).

La unidad de todos estos elementos, la firmeza estratégica y flexibilidad táctica, la construcción de un partido de la clase que lejos de sustituir el protagonismo de las masas la direcciona en un sentido revolucionario, en el sentido estratégico que nos marcó Marx a través de las enseñanzas de la Comuna de Paris, y la lucha contra la doble opresión sobre las mujeres, son indispensables para retomar la tarea de crear una fuerza revolucionaria que exprese una alternativa de poder para nuestro pueblo. En ese sentido, diferentes expresiones revolucionarias de nuestro país y el continente  retomaron lo mejor de la experiencia de la historia de la lucha de los pueblos del mundo, el PRT en Argentina, el MIR en Chile, el Movimiento 26 de Julio en Cuba y el proyecto internacionalista del Che de armar el camino de la senda socialista, para así crear de forma heroica un nuevo mundo para toda Nuestra América. Ese hilo rojo es el que hoy marca nuestro camino.

 

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1-Marx y Engels, Prólogo a edición alemana del “Manifiesto Comunista”; del 24 de junio de 1872

 2-Lenin, El Estado y la Revolución, 1917

 3-Entrevista realizada por Clara Zetkin a Vladimir Ilich Lenin en 1924

 4-En las reflexiones de “Carta desde lejos”, “Cartas sobre táctica”, “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”, “¿Ha desaparecido el doble poder’” y “El doble poder”

 5-Lenin, “El doble poder”, 1917

 6-Dos Tácticas de la Socialdemocracia. Lenin. Editorial Anteo. Pág 15.