“Trump gobierna para el 1%”


Donald Trump cumplió ya 100 días al frente de la presidencia de EEUU. El magnate norteamericano que prometía dar vuelta la política yanqui, se enfrenta a numerosas dificultades, incluyendo importantes movilizaciones en su contra. Para profundizar al respecto desde El Frente Único IR-HN entrevistamos a Leandro Morgenfeld, profesor e investigador (UBA- CONICET- CLACSO), especialista en el estudio de EEUU y sus relaciones internacionales.

 1- A casi 4 meses de su asunción a la presidencia, ¿cuál es el significado de Trump para el capitalismo estadounidense? (para la clase dominante y para el pueblo)

 Trump llega a sus primeros 100 días de gobierno siendo el presidente más impopular de la historia, desde que se mide el índice de aprobación y rechazo al inicio de las Administraciones, hace 60 años. No hay luna de miel con los estadounidenses: apenas lo aprueban el 42%, mientras que un 53% lo rechazan. En sus primeros días en la Casa Blanca, Trump hizo lo imposible para mostrarse como un presidente poderoso, dispuesto a ir contra todos (el establishment de Washington) y a cumplir rápidamente (vía “órdenes ejecutivas”, o sea decretos) sus promesas de campaña, incluso las más polémicas: fin del Obamacare, construcción inmediata del muro físico en la frontera con México, salida del Acuerdo Transpacífico (TPP), aceleración de las políticas de deportaciones de inmigrantes indocumentados (y suspensión de fondos federales a las “ciudades santuario” que decidieran protegerlos, como New York, Los Ángeles o Chicago). Al mismo tiempo formó un gabinete con su impronta, plagado de CEOs, militares, hombres propios (como Steve Bannon, líder de la Alt-Right y su más influyente consejero, y su yerno Jared Kushner) y también algunos representantes del Partido Republicano (Rence Priebus, su jefe de Gabinete).

Ese Trump aparentemente arrollador encontró en las últimas semanas límites a su poder. En parte, eso se debe a los múltiples conflictos que él mismo alentó y a su estrategia de exacerbar las contradicciones. En primer lugar, desde el momento mismo de su asunción se multiplicaron las marchas callejeras, que alcanzaron su punto más alto el 21 de enero, cuando millones de personas, especialmente mujeres, se movilizaron contra su misoginia. También fueron importantísimas las realizadas en los aeropuertos y ciudades de todo el país contra el decreto que suspendió el ingreso de refugiados y las visas a ciudadanos de siete países con mayoría musulmana. Justamente esa polémica iniciativa lo llevó a su primer gran enfrentamiento con la Justicia, que trabó esa iniciativa. Trump atacó primero a los jueces, pero finalmente desistió de apelar a la Corte Suprema. Profundizó el enfrentamiento con los principales medios periodísticos y canales de noticias –su primera conferencia de prensa terminó en un escándalo- y no dudó en calificarlos como enemigos del pueblo americano. Además crece la oposición de los demócratas en el Congreso –la línea acuerdista debió ceder a los que, presionados por las bases, quieren una oposición dura contra el magnate- y se ahondó el enfrentamiento con los servicios de inteligencia, por el affaire Rusia. A pesar de tener mayoría en ambas Cámaras fracasó en derogar el Obamacare, y tampoco logró incluir en el presupuesto una asignación de fondos para construir el costoso muro con México. Así, naufragaron dos de sus principales promesas de campaña. El 26 de abril, para intentar repuntar en las encuestas, anunció la mayor rebaja impositiva de la historia: las empresas reducirán sus aportes del 35 al 15%, lo que implicará recaudar 200.000 millones menos de dólares por año. Esto, sumado al aumento del presupuesto militar en 50.000 millones, implica agudizar el déficit fiscal, que en 2016 cerró en más de 3% del PBI (580.000 millones de dólares). Y en un momento con una deuda pública descomunal, que asciende a 20 trillones de dólares (105% del PBI). Aunque impulse un mega ajuste en salud, educación y energías alternativas, este desbalance de las cuentas augura una profundización de los desequilibrios económicos.

Trump llegó al poder aprovechando el descontento que generaba la globalización neoliberal, pero gobierna para ese 1% que cada vez recibe más beneficios a costa del otro 99% de la población. Va a generar frustración y no va a recomponer la legitimidad del establishment económico y político.

2- Hubo quienes sostuvieron que Trump promovería el “aislacionismo” en una supuesta reversión de la tendencia a la globalización neoliberal. ¿Cuál es tu visión sobre esas interpretaciones a la luz de lo realizado hasta el momento?

En el plano de la política exterior, contra lo que muchos auguraban, Trump ya mostró que no va a ser aislacionista: nombró a diversos militares en su gabinete y aumentó 9% el presupuesto militar (54 mil millones de dólares), reivindicó a las Fuerzas Armadas cada vez que pudo, atacó a China vía Twitter, bombardeó Yemen el 29 de enero, impulsa el expansionismo de los asentamientos ilegales en territorio palestino, recibió al ultraderechista Netanyahu, quien pone en duda la solución de los dos Estados, amenazó a Irán y agredió a Venezuela incluyendo al vicepresidente de Maduro en la lista de promotores del narcotráfico y recibiendo en la Casa Blanca a la esposa de Leopoldo López, incluso antes que a cualquier mandatario regional. Más que reducir el intervencionismo a escala global, Trump pretende reimponer el unilateralismo, en detrimento del multilateralismo y de una conducción imperial más colegiada. Como sus antecesores, sigue pregonando el excepcionalismo y la idea de que los estadounidenses son un pueblo elegido, diferentes al resto.

En abril hubo varias novedades: el 6, bombardeó una base militar siria, días después, arrojó una mega bomba en Afganistán (la más potente de las no nucleares) y luego movilizó tropas para provocar a Corea del Norte. Este “giro” tiene que ver con mostrarse fuerte, evitar las críticas a la pretendida distensión con Rusia y a la vez atender las demandas del complejo militar-industrial y del establishment de Washington, que rápidamente aplaudió este aventurerismo militarista. Parece imponerse, así, el llamado “gobierno permanente” de Estados Unidos.

3- ¿Cuáles son los aspectos que Trump pretende renegociar con sus tradicionales socios imperiales? ¿Cuál sería la política hacia China y Rusia en ese marco?

En su campaña y al inicio de su gobierno, promovió la distensión con Rusia, para enfrentar a China. Menospreció a la Unión Europea y calificó a la OTAN como una alianza obsoleta, aunque luego el vice Pence, en gira europea, matizó estas consideraciones. Su lema, America First, significaría que no está más dispuesto a pagar los costes de ser el gendarme planetario. Si Europa y Japón quieren la “protección” militar estadounidense, argumenta Trump, que paguen por ello. Esto podría implicar una renegociación del vínculo con sus aliados. Amagó con un giro geopolítico como el que implementaron Nixon y Kissinger en los años setenta, pero de sentido inverso: acercarse a Moscú para confrontar con Pekín. Sin embargo, las acusaciones por la injerencia rusa en las elecciones, que se cobraron a varios funcionarios de Trump, como el poderoso Michael Flynn, y que mantienen vigente la amenaza de un impeachment contra el magnate, parecería ser que obligaron a frenar ese impulso. El ataque a Siria recalentó las relaciones con Putin, a la vez que lo acercó a sus socios de la OTAN. Trump tuvo una reunión en abril con el premier chino, con el objetivo de renegociar el vínculo económico y comercial y comprometerlo en la crisis con Corea del Norte. Todavía es temprano para vislumbrar el alcance de estos movimientos, y más teniendo en cuenta la imprevisibilidad de Trump, que en el caso de su política exterior es muy evidente. Estamos ante un momento de reconfiguración del tablero mundial y todavía no está claro cómo va a jugar el gobierno de Estados Unidos.

4- ¿Qué continuidades y qué discontinuidades implica Trump como política imperial hacia América Latina? ¿Cuáles son las tareas que nos demanda?

América Latina fue blanco de ataques durante la campaña y lo sigue siendo ahora. Trump utiliza a los hispanos como chivo expiatorio y los humilla para acumular políticamente. México es el gran perjudicado, desde el punto de vista económico y político. La nueva Administración también intenta revertir la distensión con Cuba iniciada hace dos años por Obama. En los últimos días la presión fue contra el gobierno venezolano, a quien aspira acorralar a través de la OEA y de gobiernos aliados, como el de Macri. Para atacar a los países no alineados, Trump busca subordinar a los gobiernos neoliberales que quedaron descolocados por su prédica proteccionista. Si Peña Nieto y Temer no pueden cumplir hoy cabalmente el rol de alfiles de Washington, los candidatos son Santos –ahora complicado por el escándalo de Odebrecht-, Kuczynski y Macri. El peruano ya fue recibido en la Casa Blanca y Macri negoció y logró una escueta llamada telefónica de Trump unos días antes y visitó la Casa Blanca el 27 de abril. Allí el argentino se mostró dispuesto a seguir al pie de la letra la agenda de Washington. No planteó ni solidaridad con México ni ninguna posición conjunta con el resto de los países de la región. La única preocupación del mandatario argentino era lograr que Trump lo recibiera en Washington, cuestión que finalmente ocurrió. Como planteó Malcorra, quieren aprovechar las dificultades de México y Brasil para que Macri se transforme en el interlocutor regional de Trump. Esa suerte de reedición del alineamiento y las “relaciones carnales” que supo cultivar Menem, ahora cuidando un poco más las formas, es funcional a la estrategia de Estados Unidos de fragmentar a los países de la región. Se diluyen organismos como la UNASUR y la CELAC y la OEA recupera posiciones. Esa estrategia sólo genera más debilidad y pérdida de autonomía, o sea más dependencia. Para revertir la hispanofobia de Trump, habría que ir por el camino contrario: retomar la senda de la integración latinoamericana, con una perspectiva anti-imperialista que permita construir un horizonte de pelea por otro sistema económico y social.