A 51 años de la muerte de Domingo “el griego” Blajaquis: “Un auténtico héroe de su clase”


“En los pibes de Gerli que hoy son hombres resignados o conformes o rebeldes, la figura de Domingo Blajaquis fue desde siempre la parte del misterio, que al mismo tiempo era la insuperable bondad, y desde lo más remoto que nadie recuerde, trató de unir para luchar, incluso a los chicos que encontraba perdiendo el tiempo en las esquinas…

Marxista convencido, los peronistas de la base lo aceptaron como suyo: el dilema que aún no termina de aclararse en los papeles se resolvía en el corazón de un hombre al que nadie tuvo que explicarle dónde estaba el pueblo del que formaba parte. Lo que sí quería el Griego era una revolución y a eso dedicó los días y los minutos de su vida, sin más descanso que una partida de ajedrez, una jarra de vino o una aventura ocasional que provocaba las risas de sus compañeros.

Preso en un barco, preso en Caseros, preso en Esquel, perseguido siempre, derrotado nunca, le quemaban los libros con querosén, se escapaba por un agujero debajo de la cama que daba a un baldío, se zambullía detrás de una cerca y reaparecía siempre con una sonrisa y un chiste malo, con su chaqueta de cuero y su gorra, con su aspecto de obrero que no pudo perder ni leyendo a Hegel ni desmenuzando el idealismo alemán, con su formidable impulso organizador: las huelgas de una década al sur del Riachuelo llevan el sello de Domingo Blajaquis.

Si hay un símbolo de la resistencia obrera en estos años, es Domingo Blajaquis y en ese sentido tenía razón al decir que a él no lo podían matar, ni siquiera los bandidos que ahora lo mataron”.

Las palabras de Rodolfo Walsh sobre uno de los protagonistas de las notas que el escritor y militante montonero fue publicando en el semanario de la CGT de los Argentinos para denunciar a la burocracia sindical liderada por Augusto Timoteo Vandor y el asesinato de Rosendo García, el coequiper del líder de la UOM Avellaneda y la CGT en la década del ´60, ilustran lo que fue un obrero de base que dio su vida por su clase. En Quién mató a Rosendo, además de desnudar el asesinato de García, un burócrata que es baleado por rencillas de poder por sus propios compañeros, Walsh homenajea al Griego Blajaquis y Juan Zalazar, quienes son asesinados en ese mismo tiroteo de la pizzería La Real por la patota de la CGT aquella noche que quedará inmortalizada por la literatura argentina.

Blajaquis fue un dirigente de la Resistencia Peronista en los cincuenta, enfrentó a los sucesivos regímenes proscriptivos y a los dictatoriales con los que la burocracia de Vandor colaboraba, fue obrero curtidor y metalúrgico, militante del Partido Comunista con el que rompió y luego jefe de Acción Revolucionaria Peronista (ARP), grupo vinculado a John William Cooke. Murió en el Hospital Fiorito a los 46 años, horas después de que lo tiroteara la patota de la UOM.

Como escribió su compañero Raimundo Villaflor, a Blajaquis “la muerte lo sorprendió trabajando por el pueblo trabajador, tratando de unir la lucha de nuestros hermanos del norte, de nuestros compañeros del interior, con nuestra lucha, tratando de quebrar ese cerco de hielo e insensibilidad de la burocracia traidora. No murió peleando, murió asesinado a mansalva. Pero no es un mártir, es un héroe. Fue un militante más del ejército invencible del pueblo trabajador, fue un auténtico revolucionario”.

A 51 años de su muerte, decimos: ¡Viva Domingo El Griego Blajaquis! ¡Viva la lucha de la clase obrera! ¡Viva la revolución!