Editorial A Vencer – La Llamarada de Julio


“El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse […] miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes, que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios”.

Mariano Moreno, Plan Revolucionario de Operaciones, 1810

No se trata de analogías. No son recursos discursivos. El combate entre dos proyectos de patria, de mundo y de humanidad, viene desde lejos. La batalla es a veces estrepitosa y visible; otras, más bien sorda y huidiza. Pero la lucha por qué país queremos, qué país necesitamos y merecemos los y las trabajadoras, actualiza las luchas en y por el pasado. El diálogo, siempre espiralado, entre quienes nos antecedieron y nosotros/as permite iluminar un proceso abierto. A pesar de lo que digan los intelectuales de la burguesía, a pesar de lo que quisieran las patronales sin importar sus preferencias políticas, nunca estará dicha la última palabra.

Hace 200 años -doscientos uno, con mayor precisión-, en el medio de feroces combates, las Provincias Unidas del Sur declaraban su independencia de España y de “cualquier potencia extranjera”. Belgrano conspiraba para que la extensión de la emancipación quedara reflejada en el texto. Güemes y Azurduy hostigaban a las tropas coloniales en el norte. San Martín preparaba su ejército en Cuyo. Artigas impulsaba la primer reforma agraria del Río de la Plata.

Como bien dice el Vasco Orzaocoa: “En los ejércitos patrios se gana la libertad e igualdad de negros, indios, zambos y cruzas con criollos pobres e intelectuales revolucionarios. Son miles de compatriotas pobres que por esta vía ingresan a la vida política; exigen tierras, libertad, educación y bienestar”. Pero, simultáneamente, otra figura que dejará huella se encuentra en Europa buscando reyes para estas tierras y buscando alianzas que permitan derrotar al ala radical en la guerra civil que, inevitablemente, se despliega en el proceso de guerra anticolonial. Esa figura es Bernardino Rivadavia. Exponente de la naciente clase dominante criolla, Rivadavia sabotea el proyecto de Patria Grande de Bolívar invitando al Congreso Anfictiónico de Panamá a los Estados Unidos. Bloqueada la salida monárquica, en pocos años más, “el primer presidente” de la Argentina gestionará el nefasto crédito con la Baring Brothers de Gran Bretaña, emblema de lo que significan las palabras “independencia”, “libertad” y “patria” en la boca de los comerciantes, de los terratenientes, de los poderosos.

Como tragedia que se repite una y otra vez, el actual gobierno acaba de endeudar a nuestro país por cien años. Una vez más la clase dominante hipoteca el futuro de varias generaciones para garantizar sus ganancias vendiendo nuestra riqueza, nuestro suelo, nuestro trabajo, nuestro futuro y el de nuestros hijos e hijas a los más descarnados buitres imperialistas. La Argentina “vuelve al mundo” haciendo gala de lo que el menemista Carlos Escudé elevó a doctrina: “el realismo periférico”, en otras palabras, asumir nuestra debilidad relativa y vincularnos (subordinada y obsecuentemente) con las potencias de turno. Básicamente, abrir la economía, ajustar, profundizar las reformas estructurales y endeudarse. Argentina tiene el (de)mérito de haber superado a Arabia Saudita en la emisión de deuda en moneda extranjera.

Pero, por supuesto, la dependencia cuenta con un eslabón clave, activo y definitorio: la clase dominante local. La deuda que se carga sobre las espaldas del pueblo, permite grandes negocios no sólo para los acreedores externos. Representantes locales de empresas extranjeras junto a grandes empresarios y terratenientes locales impulsan y defienden la cadena del endeudamiento que les permite fugar del país miles de millones de dólares. En los primeros cuatro meses de 2017, esa fuga se elevó a por lo menos 9.500 millones de dólares. Considerando todos los meses de gestión Cambiemos la cifra se eleva a 32.000 millones de dólares. Esto significa que cerca de 4 de cada 10 dólares de deuda contraída han servido para hacer posible la salida de divisas al exterior.

La acumulación de dólares y riquezas en la cúpula más poderosa, se refleja necesariamente en la miseria planificada en el otro extremo del orden social. Con la burocracia sindical custodiando la gobernabilidad PRO, el Consejo del Salario legaliza el hambre para millones de habitantes de nuestro país. La fijación por decreto del ministerio de Trabajo del salario mínimo en tres tramos ($8860 en julio de 2017, $9500 en enero de 2018 y 10 mil en julio de ese año) demuestra que el salario no cubre el mínimo vital y que la movilidad queda muy por detrás de la pérdida de poder adquisitivo. Preocupados por fijar el mínimo a la baja para que no se reabrieran paritarias (la docente, entre otras) este decreto condena a los y las trabajadoras desocupadas y precarizadas a percibir menos de $5.000 como ingreso mensual. Lo mismo con los miles que mes a mes van a engrosar las filas de la desocupación.

Los jubilados y jubiladas, más de la mitad de los cuales cobra la mínima, son condenados a mal sobrevivir con $6.453. Las mujeres que cobran pensión por viudez, o quienes perciben pensión por discapacidad no sólo reciben la insultante suma de $4.517 sino que se les da una clase acelerada de aquello que Esteban Bullrich, ministro de Educación y candidato bonaerense, pregona: “hay que enseña a vivir en la incertidumbre.” El suicidio de un jubilado en un local del ANSES sintetiza el desamparo que este sistema promete para las mayorías.

Como no puede ser de otro modo, la creciente polarización social redunda en la militarización y en la represión, como ocurrió en la 9 de julio hace unos días. Los medios de (in)comunicación cumplen su lamentable papel cubriendo y nombrando el ataque como el “despeje no violento”.

Las palabras soberanía e independencia resuenan con indignación entre un pueblo que busca darle pelea a este embate; que viene peleando desde hace mucho más de dos años contra la precarización del trabajo y de la vida, el despojo de la megaminería, de los monopolios sojeros, del capital más grande o más pequeño, local o extranjero, que expolia a los y las laburantes su trabajo cotidianamente. Como hace 200 años, la solución sólo podrá venir de nuestras propias manos. Entre la nostalgia por un kirchnerismo dispuesto a intervenir en elecciones pero no en las calles, y las ilusiones de que más adelante este gobierno de ricos y corruptos podría tener algún interés en mejorar las condiciones de vida y trabajo, la única salida es tomar la historia y el presente en nuestras manos, para construir con protagonismo popular una patria nueva, una Patria Grande.

…diría que mientras un pueblo se ve obligado a obedecer y obedece, hace bien, pero que, cuando puede sacudirse el yugo y consigue liberarse, hace todavía mejor…”. Jean Jacques ROUSSEAU, El contrato social, 1762