El gran aporte para entender la lógica del Capital


La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías,y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza”.

Karl Marx, 1867 (El Capital, Tomo I)

 

Efectivamente, si miramos a nuestro alrededor, casi la totalidad de los objetos que nos rodean se han vuelto mercancías. Incluso el agua y hasta el aire han sido convertidos en objetos vendibles en el mercado. El capitalismo de nuestros días, en el que más que nunca es posible comprar casi cualquier cosa, convirtió prácticamente todo en un objeto plausible de ser vendido o comprado.

De tal modo, consideramos que El Capital de Karl Marx, que este año cumple 150 años de su primera edición, y que supo explicar de un modo revelador el funcionamiento del modo de producción capitalista, mantiene plena vigencia para entender y explicar el funcionamiento actual de nuestras sociedades.

Los caminos de la formación social capitalista, que terminó de imponerse sobre el modo feudal a partir la Revolución Industrial (proceso que convirtió en clase económicamente dominante a la naciente burguesía), todavía no han concluido. Desde entonces las relaciones sociales de subsunción del trabajo al capital no han parado de expandirse por todas las latitudes, llegando en la actualidad a abarcar prácticamente todo el planeta. El capitalismo actual, de esta forma, es una versión multiplicada y extendida de aquel que estudió Marx en su época. Este proceso, denominado en la actualidad como “mundialización del capital”, y del cual Marx pudo ver únicamente los primeros momentos, sigue desplegándose de forma ininterrumpida. Es más, con la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, sumado a la apertura económica de la inmensa China, la expansión del capital ha derribado fronteras que hasta hace algunas décadas parecían inexpugnables.

Ahora bien, esta mundialización capitalista, que ha modificado las condiciones de producción e intercambio de un modo radical, incluso llegando a ser el mismo dinero reemplazado por una tarjeta magnética, ha mantenido intacta la fórmula mágica que nos brindara ese fenomenal libro publicado en 1867, D – M – D´. La fórmula del capital, en la cual el dinero deja de ser un medio de cambio, para pasar a ser “capital” (dinero que busca convertirse en más dinero) sigue funcionando, incluso con más fuerza que entonces. Del mismo modo, la plusvalía (esa parte del valor que genera el trabajador cuando se encuentra bajo el proceso de trabajo capitalista y que el patrón se apropia bajo la figura de D’), continúa siendo la pieza clave que explica por qué frente a la abundancia de unos pocos, se contrapone la miseria de millones. Entonces, el funcionamiento del capital, su forma de explotación del trabajo y el origen de la ganancia de los burgueses, todavía (y más que nunca) pueden ser explicados en clave marxiana.

Si decimos que nuestra vida se desenvuelve bajo la lógica del capital y que las relaciones capitalistas alcanzan hasta los más elementales aspectos de la vida social, va de suyo afirmar que las relaciones capitalistas adoptan formas políticas, económicas y culturales. Es decir, el capitalismo nos atraviesa como una totalidad. Esta idea de totalidad es otro de los principales aportes de Marx al pensamiento crítico, que Marx también plasma de forma inigualable en El Capital. Es así que la “crítica a la economía política” marxiana no es una mera crítica a la economía burguesa, ni a la política burguesa, ni a la cultura burguesa, sino una crítica al capitalismo como un todo. La relación capitalista se impone y “tiñe” al resto de las relaciones sociales con su impronta.

 

La ley del valor-trabajo y el fetichismo de la mercancía

La enajenación del ser humano se ha convertido en nuestro modo de vida. La capacidad de trabajar, aquella cualidad que nos distingue del resto de las especies, se nos vuelve hoy más que nunca en una actividad que repudiamos y que cuanto más rápido podamos escaparnos de ella mejor. Las actividades vitales que nos vinculan con el resto de las especies, comer, beber, reproducirnos se nos vuelven más apreciables que lo que nos distingue, nuestra capacidad de transformar la naturaleza. Vaya paradoja, bajo el capitalismo, lo que nos hace más humanos nos vuelve más esclavos. La gran mayoría de la población sigue necesitando vender su capacidad de producir para obtener un medio de vida. Pese a los avances tecnológicos y el desarrollo de las fuerzas productivas bajo formas que aumentan la productividad exponencialmente el trabajo humano sigue siendo el único capaz de generar valor. En este concepto nos detendremos un momento, ya que uno de los principales aportes que sobresalen de El Capital es indudablemente la teoría del valor-trabajo. Pero ¿qué es exactamente el valor para Marx? Ya en 1844 en los Manuscritos económicos – filosóficos, afirma que las mercancías son resultado del trabajo humano, al mismo tiempo que se enfrentan al hombre como un objeto ajeno, el objeto se independiza de quien lo produjo, se vuelve autónomo, al extremo de que “aparece la realización del trabajo como desrealización del trabajador”1, cuanto más produce el sujeto menos objetos le pertenecen. A esto es a lo que Marx llamó “trabajo alienado”, lo cual es analizado en el fetichismo de la mercancía, y donde se encuentra una de sus frases más prominentes: “la desvalorización del mundo humano crece en razón directa a la valorización del mundo de las cosas”2.

Marx desarrolla y complejiza esa preocupación sobre la deshumanización en El Capital siendo un nudo que se despliega en la totalidad de esa obra. La teoría del valor contiene la noción de fetichismo de la mercancía, como dimensión clave para comprender el funcionamiento del sistema capitalista y la explotación a los y las trabajadoras.

Como resultado de la lucha de clases a lo largo de la historia, en el mundo regido por las relaciones de producción capitalistas, basada en la propiedad privada de los medios de producción, la producción es realizada por productores privados e independientes de mercancías, que al mismo tiempo se hallan en interdependencia como producto de la división social del trabajo.

Para explicar la teoría del valor, Marx comienza con la categoría más simple, la mercancía, como portadora de valor de uso y de valor; la primera característica hace referencia a que las mercancías deben ser producidas como objetos socialmente útiles, ya que la producción no será para el consumo del propio productor sino que será producido para otros (trabajo concreto y social), ese valor de uso es producto del trabajo útil orientado a un fin. Pero no sólo se producen valores útiles sino que los mismos deben contener un valor. Este último se constituye por la materialización de trabajo humano abstracto que contienen los valores de uso, es decir, la cantidad de gasto de fuerza de trabajo que se necesitó para la elaboración de un producto. La magnitud de este valor se mide por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción, es decir, que está en relación con las condiciones socio-históricas y naturales de producción. Y la cantidad de trabajo que tienen incorporadas las mercancías se expresará en el intercambio, como valor de cambio.

En la teoría del valor el trabajo abstracto se constituye como creador del valor. Es en este punto en el que Marx discute con la economía política clásica, a quienes acusa de nunca haber desentrañado la forma del valor, no se han cuestionado qué es lo que hace de él un valor de cambio. Se le ha otorgado al valor características que no son propias, propiedades sobrenaturales, y no se ha socavado más allá de su comprensión inmediata. En esto reside el fetichismo de la mercancía, en que se ha dejado algo oculto otorgándole a la producción mercantil un carácter natural y ahistórico, quitándole el carácter histórico a las relaciones sociales de producción.

Como dijimos, en la producción mercantil basada en la propiedad privada, los resultados del trabajo son productos de trabajos privados independientes entre sí. Al mismo tiempo, entre los productores privados existe una estrecha interconexión recíproca basada en la división social del trabajo. Al tener que producirse valores de uso sociales, para poder intercambiarlo por otras mercancías, los productos adquieren una forma social al ser resultado del trabajo social. Para Marx, es de esta misma forma social que adquiere el trabajo en la economía mercantil, de donde brota el carácter místico de la mercancía. El trabajo de cada productor de mercancías representa una parte del trabajo social global; este carácter social de su trabajo únicamente se pone de manifiesto en el mercado, donde el productor comprueba si su mercancía es de utilidad y por ende, si es necesario su trabajo para la sociedad. Para esto, la mercancía debe equipararse con otra mercancía cualitativamente diferente pero cuantitativamente igual. Esta igualación, refiere a que los productos del trabajo deben contener la misma magnitud de valor determinada por la cantidad de gasto de fuerza de trabajo abstracto humano, es decir que, en función de la cantidad de tiempo socialmente necesario gastado en la producción, los productos incorporarán una determinada magnitud de valor para enfrentarse como valores de cambio iguales; esto se objetiva en el intercambio como forma material que adquiere la igualdad de los trabajos humanos.

En la economía mercantil, las relaciones que se entablan entre las cosas provocan un ocultamiento de las relaciones de producción entre los hombres y mujeres, al mismo tiempo que las organiza, ya que es a través de las cosas que los hombres se relacionan, de este modo la cosa cumple una función social porque es a través de ella que las personas entran en relación. Las relaciones sociales entre los productores privados sólo se manifiestan en el mercado, en el proceso de cambio de las mercancías. Solo se relacionan entre sí a través de las mercancías; cada uno realiza trabajos particulares y privados que socializan en el intercambio, indirectamente, porque es a través de las cosas que intercambian sus trabajos materializados en la mercancía. El trabajo se ve como social recién en el intercambio.

Marx afirma que se dan “relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”3. Las relaciones entre los productores aparecen como relaciones entre los productos del trabajo humano, provocando una cosificación de las relaciones de producción y personificación de las cosas, ya que las relaciones sociales de producción se establecen para las cosas y a través de las cosas. Esta forma específica de la expresión de las relaciones sociales se halla condicionada por el peculiar carácter social del trabajo que produce mercancías. En el intercambio, la forma superior en que se desarrolla el cambio de mercancías es el dinero y, por eso, el fetichismo de la mercancía encuentra su materialización más completa en el fetiche del dinero.

Este valor que se expresa en el precio de los productos, contiene en su interior otra clave del planteo marxiano, el de explotación. En la medida en que hay entonces una determinación del valor que se centra en el propio proceso productivo, las “ganancias” de los capitalistas no radican en “vender más caro”, sino que, muy por el contrario, esa venta que origina ganancia expresa la cantidad efectiva de valor que tiene determinada mercancía. Sencillamente, para Marx las mercancías siempre se venden a su valor. Ahora bien, esta diferencia entre D y D’ (presente en la fórmula D-M-D’) Marx va a denominarla plusvalor. Durante el proceso de trabajo capitalista, el burgués compra una determinada mercancía que tiene un particular valor de uso, que consiste en generar valor: la fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es la capacidad de trabajar que tenemos los varones y mujeres como seres humanos, y que bajo esta sociedad vendemos como mercancía para sobrevivir. El capitalista paga un precio por esta particular mercancía, que cuando es puesta a “funcionar” va agregando valor al producto, que supera ampliamente el pagado por capitalista al momento de adquirir tanto la fuerza de trabajo como las materias primas sobre las cuales el trabajo fue objetivado. Este diferencial entre el valor de lo gastado en materias primas y fuerza de trabajo y el valor de la mercancía terminada, y que va directo al bolsillo del burgués, es lo que Marx denomina plusvalía, la cual es apropiada íntegramente por el capitalista bajo la forma de ganancia.

 

Ley de caída tendencial de la tasa de ganancia

A partir de esta noción del valor Marx va a desplegar una serie de principios generales para explicar el funcionamiento del modo de producción capitalista. Uno de éstos tiene que ver con la tendencia endógena y estructural a las crisis de rentabilidad que tiene el propio sistema de acumulación de capital.

Para explicar este principio Marx parte de afirmar, como se mencionó más arriba, que bajo el capitalismo la actividad productiva se ordena en función de las chances que tienen los burgueses de obtener ganancias y no en la satisfacción de necesidades sociales. Asimismo, como también se mencionó, en la medida de que el precio de las mercancías se determina por su valor-trabajo (única “parte” del proceso de trabajo que tiene la posibilidad de generar valor), y la ganancia del capitalista se calcula a partir por la cantidad de plusvalor que se apropia, el proceso de trabajo capitalista encierra en sí mismo un problema. Por lo tanto, conceptualmente, Marx va a argumentar que aquellos procesos capitalistas que tengan mayores cantidades de fuerza de trabajo en su actividad productiva (que llama en este caso capital variable), obtendrán mayores cantidades de plusvalor, que va a estar presente en el producto terminado y que va a ser lo que constituya la ganancia.

Ahora bien, como vemos cotidianamente, el capitalismo, en su búsqueda de aumentar los márgenes de productividad y de achicar costos, desarrolla avances tecnológicos en todos los procesos de trabajo (que hoy nos atraviesan, y que están llevando a la expulsión y el reemplazo de la mano de obra por maquinarias cada vez más autómatas). Estos avances reestructuran y redefinen las cantidades de maquinarias, equipos e insumos (llamados capital constante) y van progresivamente imponiéndose por sobre los niveles de mano de obra y fuerza de trabajo (capital variable), ocasionando lo que Marx denomina “aumento de la composición orgánica del capital”. Esta modificación de la relación entre capital variable y capital constante es la que explica esta progresiva tendencia a la caída de la tasa de rentabilidad de los capitales.

Lo que Marx va a argumentar es que en la medida en que la cantidad de capital variable que tiene un determinado capital disminuye, bajará consecuentemente la tasa de rentabilidad y de posibilidad de apropiación de plusvalía por parte del capitalista. Es decir, la tecnologización y reemplazo de capital variable por capital constante encierra un problema clave: la reducción de las cantidades de plusvalor producidos y por tanto, la baja de los niveles de ganancia capitalista. Esta explicación endógena de la crisis, y a la cual el proceso capitalista se acerca constantemente y de forma sistemática, es otro de los aportes centrales presentes en El Capital.

 

El Capital aquí y ahora

Si miramos lo que sucede en Latinoamérica, la preocupación de las élites dirigentes en la actualidad es la búsqueda por ofrecer las mejores condiciones para la llegada de los capitales internacionales. La necesidad de bajar el costo de compra de la fuerza de trabajo es una forma de “aumentar la competitividad” y por ende atraer las inversiones, a costa de los trabajadores, dado que se aumentarán los niveles de explotación. Por ello, las reformas estructurales que se propone el macrismo buscan tirar abajo las conquistas laborales de años de lucha del movimiento obrero. Las reformas en Brasil son el ejemplo de esto. Dichas reformas pretenden llevar la relación capital trabajo a un siglo atrás. Como dijera el Che, las burguesías no tienen nada que ofrecer. Sólo son serviles al imperialismo y parasitarias de los Estado nacionales. Sólo reorganizando la sociedad sobre nuevas bases de producción, nos permitirá efectivamente construir un mundo donde a cada persona le corresponda según su necesidad y acorde a su capacidad.

Como hemos intentado repasar brevemente y sólo refiriendo al núcleo central de la obra, la lógica del valor y del capital reconstruida en El Capital sigue operando en el mundo actual. Nunca una obra logró desarrollar tan gran aporte al entendimiento del funcionamiento social. Dicha lógica efectivamente es la hegemónica en la actualidad, y parece que no hay otra posibilidad de pensar la organización social. Pero es tarea de los revolucionarios y las revolucionarias recuperar las experiencias históricas para demostrar que otro mundo es posible y ofrecer los caminos para construirlo.

 

1 Marx, Karl; Manuscritos económicos filosóficos”, pág 106, Ed. Colihue, Bs.As, 2006.

2 Marx, Karl; “Manuscritos económicos filosóficos”, pág 106, Ed. Colihue, Bs.As, 2006.

3 Marx, Karl; “El Capital”, pág 89. Ed Siglo XXI, Bs.As, 2006.